Una cucharilla manchada de café

La cucharilla manchada de café sobre la impoluta encimera fue lo que colmó su paciencia.
Ya ves, lo que son las cosas, una maldita cucharilla manchada de café.
Cualquiera hubiese dicho que es una tontería, pero…
Miró al otro lado del pasillo. Su padre miraba la televisión tumbado en la cama ( con una taza de descafeinado al lado, no hacia falta ser Poirot para saber quien fué el culpable), su hermano jugaba a la videoconsola desde las cuatro de la tarde, pretendía pasar el juego aquel mismo día, y nadie se lo iba a impedir.
Con la excusa de la plancha, su madre se había pasado encerrada en una habitación todo el día, asomando su cara solo para recordar lo mucho que trabajaba y su abnegación total a la familia, mientras sacudía la ceniza del cigarro en el suelo que ella acababa de fregar.
La familia…
Algo pasó entonces. Lanzó la cucharilla (la maldita cucharilla que manchaba de café la encimera que terminaba de limpiar, que limpiaba todos los malditos días una media de diez veces) por la ventana.
Con aquel sencillo gesto, estaba a punto de cambiar su universo.
Una palabra se formó lentamente en su cabeza, y se quedó bailando mientras veía los destellos plateados caer hacia la calle
RESPETO
Eso es lo que no había, y eso es lo que iba a conseguir.
Lo que mas le apetecía en ese momento era descuartizarlos a todos y sacudir la ceniza del cigarro sobre sus cuerpos, pero siempre había sido una chica cabal, así que desechó la idea inmediatamente.
Otra opción era gritarles. Gritarles todo lo que pensaba de ellos. Vaciarse por primera vez, enseñar su alma dolorida por la indiferencia y los desplantes, y las noches en vela, y las cicatrices de las heridas autoinflingidas en la soledad de su habitación.
Los años de morderse la lengua, de no escupir el desprecio que sentía por ellos, que no era más que el reflejo del que sentía hacia su persona.
Pero, ¿para que?. Si el problema de base era la indiferencia…
Respeto…
El respeto allí solo se conseguía con dinero, o siendo un chico. Le faltaba algo que todos los logros que pudiese amasar no se lo iban a dar, y que en cualquier caso no quería. Era indecisa por naturaleza y no sabría en que lado del pantalón colocarlo.
Pero el choque de la cucharilla contra el suelo, el sonido del rebote del metal la sacó de su tristeza.
No se iba a rendir. Iba a cambiar su universo.
Se encaminó a su habitación, puso la música a todo volumen en sus cascos, y después de mucho tiempo  volvió a sonreír. Ella ya no hacía nada allí, había llegado la hora de prepararse para volar…

Gracias

Gracias, por enseñarme que la vida no es color de rosa, que los príncipes azules no existen, que no soy ninguna princesa, que nunca lo he sido, que no existen las hadas y que los cuentos son solo eso. Que no soy perfecta, que, en realidad soy mucho menos que eso. Gracias por recordarme que tú no lo eres tampoco, que nunca pretendiste serlo y que nosotros siempre fuimos lo tercero más  importante para ti. Medalla de bronce, no está mal.

 Gracias por recordarme que hay mucha gente mejor que yo. Más amable, más hermosa, más lista, más voluntariosa. Gracias por no confiar nunca en mí, por recordarme lo mal que lo hago todo, sin pararte a investigar las causas. Gracias por obligarnos a ser adultos antes de tiempo, un experimento que no te acabó de salir bien, lo siento, te equivocaste al apostar pleno, sólo te salieron bien dos de tres, aunque no quieras verlo.Gracias por dejar que nos enterásemos de qué es la vida en la calle. Siempre ocupada, siempre doliente, siempre recordándonos que debíamos estar allí para salvarte de tus errores, intentando que te agradeciéramos todo lo que hacías por nosotros, o lo que tú creías hacer.

También te quiero agradecer que nunca escucharas más de lo que querías oír, que nunca vieses más de lo que querías ver,  que nunca nos mirases a los ojos excepto para reprendernos por algo, que nunca hicieras el esfuerzo de sonreír para nosotros porque si, porque simplemente te alegrases de vernos.

Si, quiero darte las gracias porque por todo eso somos como somos, hemos conocido lo bueno y lo malo sin que tu mano nos protegiera, hemos deambulado por las calles, hemos reído, hemos llorado y nunca has interferido en nuestra educación. Quiero darte las gracias porque por  ti somos más fuertes, nos hemos extraviado  y hemos encontrado el camino de vuelta a nuestra vida, aunque te niegues a reconocerlo.

Seguimos siendo niños perdidos ante tus ojos, seguimos siendo un estorbo, pero ya no duele, ya no te necesitamos. Nunca estarás orgullosa de nosotros, soy consciente. Nunca cubriremos tus expectativas con respecto a lo que debe ser un hijo perfecto. La buena noticia es que ya no nos importa.

Ellos huyeron de tu lado. Yo estoy a punto, estoy en ello. No puedo soportar más desplantes, más órdenes. Nunca seré como tú, siempre he luchado para que no sea así. Sonrío, hablo, conozco gente a tu pesar. Vuelvo a estudiar retomándolo donde tuve que dejarlo, y juego con tus nietos solo porque deseo hacerlo, sin esperar nada a cambio, solo una sonrisa y su confianza.

No, no soy como tú, espero no serlo nunca. Y por ello te doy las gracias, porque tantos años bajo tu yugo me ha llevado a donde estoy, me han llevado a hacer las cosas que hice, de las que no me arrepiento ni un poco, porque así soy, y aunque debo perfeccionarme, me gusta lo que veo.

En esta vida hay dos modos de poner ejemplos, lo que hay que hacer y lo que no, ambos igual de válidos. Con el tuyo me di cuenta de lo que no quería ser, y solo por eso, al final, tengo que darte las gracias.

Comedia

La furia se convierte en incertidumbre
cada vez que el tiempo nos une
un poco más, cada vez más cerca,
el momento de volver a verte,
de volver a tenerte delante, a enfrentarte
con valor…

 

Vamos, si no sabes nada, ¿Qué mas da?
No te percataste cuando bulló la sangre
no escuchaste los insultos provocados
por un odio pasajero, no viste en mis ojos
la decepción y el desengaño
nadie te advirtió que habías hecho daño
y ahora…

 

¿Seguir la  comedia?
Regalarte dos besos, sonreírte,
hacer como que no ha pasado nada:
“Hola, ¿Qué tal?”
“Bien, como siempre”
“Sí, ya me sé tu canción, eres un caso,
nunca cuentas nada”
“No hay nada nuevo que contar”
“Bien, entonces, creo que me voy ya”

 

Evitando mirarte de frente
tratando de no mostrar la desilusión
al pensar lo que pudo ser…
Bajaré la cabeza, como siempre
y me tragaré el dolor
rehuyendo la traición, por ser quien eres,
por ser quien soy,
porque mi lugar es este
y así será, para siempre.

Recluso 28980 (Carta ficticia por encargo)

hoja en blanco

Tu mirada se me clava en el alma.”No te necesito” Eso es lo que me dice cuando por casualidades de la vida me la encuentro de frente. Pareces más triste de lo que realmente estás, más enfadado con el mundo, aunque los dos sabemos que no es así.

Aún eres capaz de reirte. Pocas veces, sólo para ti, pero al menos lo haces.

No sé qué te ocurrió. Ni siquiera sé si te llegó a ocurrir algo. De un día para otro mudaste esa sonrisa feliz por otra desesperada, buscando la carcajada donde fuese, como quien busca el aire.

Sonrisa triste de payaso.

Alguien te hizo daño, eso dijiste, aunque como siempre, te dejaste la mitad. Ese toque misterioso tan tuyo. Nunca sabré quien, o puede que sí, eso lo decides tú.

Que me estimas, eso lo sé, aunque no lo digas, no es necesario. Tampoco te lo digo yo, y lo sabes de sobra.

Claro que no me necesitas, viviste veintitantos años sin mi, no intento ser imprescindible, solo visible.

-¿Cómo te va?- mi pregunta insistente

– Bien-Tu respuesta perpetua, siempre con un “pero” colgando que nunca llegas  a pronunciar. Una coletilla muda que decepciona.

-¿Qué te ocurre?- Segunda pregunta pertinente , en un intento de descifrar el “pero”

– Nada

Aaaaarrrggggghhhhhh! Me desesperas. Vale, te dejo ya en paz. Y cuando eso ocurre, tú siempre vuelves.

Y si no lo haces, ya lo hago yo.

¿Estoy condenada a dedicarte al menos un pensamiento al día? Bien, no me cuesta nada. ¿Lo haces tú? No, no lo creo, al menos no tanto como a mi me gustaría, no tanto como para darte cuenta de que puedes confiar en mi.

¿Y por que tanto empeño? Joder, está claro. En cierto modo, te quiero, como a un amigo, como a un hermano, y todos nos preocupamos por los seres queridos, todos ansiamos poseer aquello que queremos. Lo único que me lo impide es esa mirada de autosuficiencia, que se viene abajo con dos frases mías. Dos frases que nunca me atrevería a decir.

Sabes que no te comprendo, pero al menos lo intento. Sabes que te respeto, pero no por imposición, no por miedo, solo por ser como eres.

Sabes que me caes bien, excesivamente bien, y que siempre me gustaron las causas perdidas.

Siempre tuya…Daria.

Mientras uno de los dos quiera

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Te observo de lejos
te enfadas, te ries,
 tus palabras, torrente de sentimientos
contrarios, ajenos,
y en el fondo, aunque no me guste,
cercanos.


Me acerco, me observas,

me sigues, te pierdes,
ahora me acaricias, ahora me ignoras
no te gusta lo que oyes y sin embargo…
escuchas.


Me ofreces tu mano, yo me escondo

entre las palabras sin sentido,
tú me buscas, me encuentras…
das media vuelta y te alejas.


Te busco, te provoco,

me sigues el juego hasta que te cansas,
sigues tu camino, sigo el mio,
 hasta que de nuevo se cruzan
sonrisas, enfados,
y a empezar de nuevo
mientras que uno de los dos quiera.

Misiva segunda ( Dante)

 

No había conseguido suavizar la respiración al golpear con cierta rudeza la puerta que le separaba de ella. Estaba enfadado, si, pero aún no sabía muy bien con quien, si con ella o con aquello hijos de puta que la habían sorprendido en medio de la noche.

 

La estampa que se le apareció no le gustó. En la penumbra de la habitación aún pudo distinguir su preciosa cara magullada, hinchada, amoratada.

 

-Joder- No pudo decir otra cosa, paralizado por el asombro , la frustración y la rabia.

Ella prefirió mirar al suelo, entre la vergüenza y un poco de temor, antes que enfrentar los duros ojos de color azul hielo. A fin de cuentas, él era el jefe, y ella había actuado sin su permiso. Las órdenes en aquellos tiempos revueltos habían sido claras. “Si pasa algo, corre como un demonio. No te quiero en peligro”.

 

-Tendrías que haber visto como les dejé yo a ellos- Murmuró, y emitió un pequeño quejido al intentar sonreír para tranquilizarle.

 

-No me vengas con eso- Estaba decepcionado, su “mano derecha” había desobedecido sus órdenes, aunque eso no era lo peor. Podrían haberla matado, aún no se explicaba como había salido entera, mas o menos, de allí. No entendía como había podido darles una paliza de muerte a aquellos niñatos, que la superaban en número, sin duda. Nunca actuaban solos, ni siquiera cuando se trataba de pegar a una chica.- Tendría que terminar lo que han empezado esos desgraciados. Lo sabes.

 

Ella asintió. Estaba preparada, a pesar de haberse ganado el respeto del resto, había desobedecido.  Pero él era el único que tenia derecho a castigarla. Lo prefería antes que haberse dejado pillar por aquellos mamones.

 

– Hazlo ya, pero no podía dejar que me…

– Ya lo sé.- la interrumpió, cortante.

 

 Lo que hizo a continuación  le pilló por sorpresa. Contra todo pronóstico, le acarició el largo cabello, rizado, oscuro,  y acercó sus labios al cuello marcado por unas huellas moradas, apenas lo rozó con ellos.

– A  pesar de todo, estoy orgulloso de ti.    

 

Rodeó la delgada cintura con sus manos y la abrazó con fuerza, ella emitió un pequeño gemido de dolor. Poco a poco, sin previo aviso, la fue despojando de la ropa.

 

-Déjame ver- Susurró, mientras encendía una pequeña lámpara de mesa, para disipar la oscuridad que ocultaba las heridas y los moratones en su piel, normalmente blanca, suave, elástica, como toda ella.

 

– ¿Qué vas a hacer? – No pudo evitar que le temblase la voz, ante la duda de lo que él sintiese. Si lástima,  si decepción, si rabia… O una mezcla de todo.

 

– Voy a ver el destrozo que han hecho, intentaré curarte …- buscó los ojos de color avellana de la chica y sonrió- Puede que te duela un poco, pero no te matará.

 

La llevó de la mano hasta la cama, y de un modo inusualmente suave en él  la ayudó a tumbarse. Acercó la lámpara al cuerpo desnudo de la muchacha.

Su mano lo recorrió poco a poco, reconociéndolo. Rozó con sus dedos los labios heridos, la mejilla amoratada, el cuello largo y flexible que había resultado profanado por unos dedos cobardes que con la clara intención de evitar que el aire pasase hasta sus pulmones.

 

Retiró poco a poco una venda sujeta con esparadrapo de su costado, aún manchada.. Descubrió un corte, lo bastante profundo como para haberle dolido, lo bastante superficial para que a esas horas, hubiese dejado de sangrar.

 

Sus dedos siguieron la inspección poco a poco, con cuidado. Siguió el trazo púrpura que trazaban los hematomas a lo largo de los muslos, delgados y fuertes. Acababan justo en las ingles, tenía también forma de dedos, brutales y zafios.

 

La miró sorprendido, imaginando la escena. Habían forzado aquellos muslos para abrirlos en contra de su voluntad. Poco a poco, la expresión de incredulidad se tornó en furia. Ella alargó el brazo y acarició el corto cabello negro, tranquilizadora.

 

– No lo consiguieron, trinqué antes la pistola.

 

Él apartó con dulzura la mano delgada que le acariciaba y la retuvo entre las suyas. Sus ojos brillaban con una furia salvaje que ella nunca había visto antes, que casi le asustó.

Estaba tranquilo, demasiado como para estar en calma. Estaba tranquilo cuando acercó su rostro al de ella, cuando rozó sus labios con su boca, cuando los deslizó poco a poco por su cuello magullado de nuevo, cuando besó su hombro.

 

Con la rodilla hincada en el suelo, arrodillado a su lado, acarició sus pechos con infinito cuidado, y ella no pudo evitar un gemido al notar sus dedos rudos alrededor de su pezón, al notar la humedad de su lengua acariciándolos, sus labios suaves sobre la herida de su costado. Él la miró para asegurarse de que no le dolía demasiado, y continuó incluso más despacio, recorriendo de nuevo el camino marcado a golpes, hacia el interior de sus muslos.

 

Siguió el camino de nuevo a la inversa, depositó su cuerpo más cerca de ella a cada beso que repartía por su piel, dejó que le pasase el blanco brazo por la nuca, en un débil abrazo. Se apoyó en su codo para evitar caer sobre ella cuando sus rostros coincidieron al fin, cuando volvió a rozar los labios heridos con los suyos, y lentamente utilizó su otra mano para seguir acariciando los muslos, colándola entre ellos, apagó el gemido que brotó con su lengua.

 

Acarició con suavidad cada pliegue, cada recoveco, empapando sus dedos con el flujo que empezaba a manar con los ojos clavados en el rostro de la muchacha, dejando que ella suspirase, que la debilidad inicial de aquel abrazo fuese cogiendo fuerza, que los pequeños dedos se enredasen en sus cabellos. Hundió su cara en el abundante cabello, aspiró el olor mientras notaba como el maltrecho cuerpo de la chica empezaba a moverse, olvidando las múltiples heridas.

 

Notó su camiseta húmeda. El corte empezaba a sangrar de nuevo. Retiró poco a poco la mano de su privilegiado refugio y la besó en la frente.

 

– Habrá que esperar un poco- susurró con media sonrisa

Ella asintió con gesto de dolor, y dejó que la curase de nuevo. Con la habilidad adquirida por los años de peleas callejeras y curas caseras, rápidamente la herida volvió a estar cubierta.

 

-Recupérate pronto, en un par de dias, reunión de emergencia. Esto no puede quedar asi.

 

Ella  fijó la mirada en la puerta que se había cerrado. No, eso no iba a quedar así, nunca iba a quedar así.

“Corre como un diablo, no te quiero en peligro” murmuró, mientras encendía un cigarrillo…