Dulce…

Nunca he sabido cómo enfrentar las situaciones en las que la vida me coloca por sorpresa.

Aquella noche lejana, tus ojos verde musgo traspasaron el humo y la oscuridad del local, tus labios rojos se curvaron en una sonrisa, e inclinaste la copa en un discreto saludo a una desconocida, sola en aquel bar atestado de gente.

Aquella noche, la luna brilló un poco más, y aún sin mediar palabra, allí estabas, conmigo, distante y cercana, y de pronto, ya no estaba sola.

La chica más dulce de todas, obviando a todos los demás.

No hubo sexo real, tan sólo un par de miradas indiscretas dirigidas a mis pechos, un deseo irresistible de tocar tu cabello, de olerlo, de enredarme en él, en tu sonrisa, en tu cuerpo.

Hay pocas veces en las que no sé cómo reaccionar, pero tú me colocaste en una de ellas en un minuto.

Hay pocas veces que quiera jugar a lo desconocido con las reglas de otro, pero esa noche tú me dejaste con ganas de terminar la partida.

Hoy, lejos de tí, sólo puedo saber con certeza cómo hueles y el calor que transmites.
Hoy, sola de nuevo, quiero dejar de estarlo para colocarme a tu lado y terminar aquello que empezamos.

Sé que es de locos, pero nunca dije que estuviese cuerda. A fin y al cabo, las cuerdas sólo sirven para atar cosas, y tú eres más bella libre.

Nunca he sabido cómo enfrentar las situaciones en las que la vida me coloca por sorpresa, pero esta noche quiero dejar de estar sola, si no vuelves, tendré que ir a buscarte, a buscar a la chica más dulce del bar…

Cuentos de luna (Segundo)

 

 

Te miro sin que te des cuenta. La noche ha caído ya, es por eso que no me ves. Puede que nunca me hayas buscado, pero, chica, yo también necesito creer en algo.

Observo desde mi rincón como te mueves y de repente pienso que nunca he querido ser como tú.

La mujer diez, la princesa del lugar, con tus largas piernas y tus cabellos de sol y bronce. La muñeca de mirada ingenua, de voz dulce y de risa fácil, volando sobre sus tacones de aguja por encima del deseo que despierta. No, no quiero ser como tú. Debo reconocer que no podría soportar esa presión, y sin embargo…

Puedo ver lo que tus súbditos no se molestan en ver. Puedo ver más allá de tu piel nacarada y tus perfectos pechos la inseguridad y el hastío.

Nunca me caíste mal, y eso es más importante de lo que crees. Te observo desde mi rincón, y sé que intuyes mi presencia. Búscame en las sombras, busca a la chica de negro que toma notas al fondo del bar, tenemos tanto que contarnos, tanto que descubrir…

Mi preciosa y superficial niña de porcelana. Deja que escriba sobre ti. Contaré cómo tus ojos azules se posaron en los míos, sin saber muy bien la razón.

¿Qué más da?

 Contaré cómo me sonreíste, mostrando tus perfectas perlas blancas, primero con indiferencia, después con curiosidad. Me saltaré el cómo llegaste a mis manos, eso no le importa a nadie, pero sí describiré la suavidad de tus labios al rozar los míos en una habitación de hotel.

La sensación de tus manos de seda en mi piel, dejando caer poco a poco la ropa, la sonrisa nerviosa al notar como cae la tuya, cómo mi boca va explorando cada centímetro de tu cuerpo perfecto.

 Sin prisa. ¿Para qué?

La noche empieza ahora, y el día es muy largo. Tenemos todo el tiempo del mundo. Vencerá el deseo sobre el miedo a lo desconocido. Sentiré tus manos en mi cabello, la respiración agitada, cada vez un poco más, al ritmo que mi lengua saboree tus curvas, mis dientes muerdan con delicadeza tus pechos y poco a poco llegue allí donde siempre tuvo que estar. Los gemidos se convertirán en gritos, en súplicas, y creo que no dejarás de sorprenderte de que, al abrir los ojos, sean mis manos blancas las que mantengan abiertas tus piernas, de que sea mi largo cabello negro el que esconde mi cara bajo tu vientre.

Serán mis dedos los que te colmen de placer, hundiéndose en ti una y otra vez. Sin desfallecer, sin perder el vigor pasados unos minutos.

 Será tu boca la que me buscará cuando, extenuada de convulsiones y temblores, desees por voluntad propia devolver algo de lo que he hecho por ti esta noche. Y cuando salga el sol, despertarás de tu sueño, y tan solo el relato de aquello te acompañará a tu lado en la almohada.

 Te verás en mis letras como realmente eres, y nunca más la inseguridad y el hastío harán acto de presencia, y, desde ese momento, me buscarás en las sombras para que volvamos a escribir juntas nuestro relato de luna y sudor.

Cantos de sirena

Hacía frío cuando la volví a oír. El viento me azotaba la cara, el cabello se me enredaba y las olas me salpicaban furiosas, como si quisieran arrastrarme con ellas, como si me suplicasen que me adentrase en el mar helado y oscuro.
Siempre me ha gustado la playa en invierno, cuando el dorado se vuelve simple marrón, cuando el cielo es del color del plomo, cuando el azul se torna verde, oscuro, profundo, aterrador…
Es solo entonces cuando uno se puede dar cuenta de la majestad del océano, y si acaso, percibir los muchos peligros que esconden sus aguas.
Una voz rompió las ráfagas de aire y me puso el vello de punta. Era ella, de nuevo.
Una vez, de niña, la había escuchado. Todos los que vivimos en la costa, antes o después, la escuchamos.
Siempre que ella canta, alguien muere. ¿A quien le tocaría esta vez?
No sentía miedo. Caminé a través de la arena, a pesar de ella, mas bien, siguiendo su voz, su canto.
Allí estaba, sobre unas rocas. El viento también azotaba su cabello de oro, y sus pálidas manos acariciaban los de un chico, rendido a sus encantos.
Era grande, moreno, y sus ojos verdes estaban completamente perdidos en la belleza de la sirena, que cantaba con su voz dulce, confiada, con una pérfida sonrisa en sus hermosos labios.
Ese chico estaba muerto, desde hacia tiempo, pero aún no lo sabía.
Le acariciaba los pechos, cubiertos por algas y su propio cabello, de vez en cuando, y la miraba como quien mira a una diosa.
Era una diosa, no podía culparlo por ello.
Ella dejó de cantar, se limitó a emitir una suave melodía que surgía de su garganta, y sus labios se deslizaron hasta los del muchacho.
Él le acarició el cabello, la atrajo hacia si, y ella rió complacida.
Estaba bajo su influjo, no había nada que yo pudiese hacer.
Los que vivimos en la costa, sabemos de estas cosas.
Aún no sé por qué lo hice. Salí de mi escondite y me acerqué a ellos. Los ojos de la sirena me traspasaron. Eran del color del mar en verano, surcados de lágrimas saladas, a pesar de la sonrisa que adornaba su rostro. Tendió su mano, y me invitó a sentarme junto al muchacho.
“Bésale” Lo hice, claro. Él correspondió a mi beso, y su lengua sabía a mar profundo. “Túmbate”.
El chico me levantó despacio la falda, y besó mis piernas, las recorrió desde los tobillos hasta las ingles, y se detuvo ante la barrera de mi ropa interior.
“Tienes algo que yo no tengo” Susurró en un canto la sirena “tienes lo único que deseo, y que me es negado. Quiero ver de nuevo como seria ser humana, quiero oír como seria ser humana”.
Sin necesidad de una orden, el chico me besó en el cuello, y deslizó sus manos bajo la ropa interior.
Sentía la arena bajo la espalda, y su mano jugueteando entre los pliegues de mi sexo. Un gemido se escapó de mis labios, y él sonrió ante mis ojos.
Con dedos expertos hizo que poco a poco me fuese convirtiendo en agua ante la mirada satisfecha de la sirena, que apagaba mis suspiros con su canto. Tan solo el viento, su voz y la mano del chico, que entraba y salía de mi interior, que me hacía temblar de placer.
“poséela, como me poseerías a mi” Más que una voz, parecía el sonido de las olas al chocar contra las rocas, como el viento furioso que nos estaba azotando en ese mismo instante.
Él terminó de arrancar la frágil tela, y se colocó sobre mi, desnudo ya. De un solo empujón me penetró, lo sentí tan dentro que grité, de dolor, de placer, mientras la sirena le acariciaba el cabello al muchacho, sonriendo y llorando a la vez, encaramada a su roca.
Su canto nos acompañó a cada embestida, a cada sacudida de mis caderas, de las suyas, a cada movimiento de sus manos, elevando mis nalgas para poder entrar mas hondo cada vez…
Crucé las piernas en su espalda, clavé las uñas en sus hombros, y la sirena no dejaba de cantar todo el tiempo, y a cada acorde, el mar parecía más furioso, y el chico cada vez más ansioso de mi, mas sediento de sexo.
No estoy segura de cuando perdí la conciencia, pero cuando desperté estaba tumbada en la arena, sola.
A mi lado, una concha azul oscuro, con una perla negra. Me levanté, y guardé el regalo de la sirena.
No la entendía, pero puedo decir que sin lugar a dudas, la amaba. Como amo el mar, el viento y la playa.
El chico apareció dos días después, ahogado, sobre unas rocas. Estaba muerto desde hacía tiempo, y ahora se había dado cuenta.
No me sorprendió. A nadie le sorprendió. Los que vivimos en la costa, estamos acostumbrados a estas cosas.

Por mucho que me queje

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No te dejes engañar por esta falsa apariencia de fragilidad que solo delata el brillo de los ojos.Mirada al frente, pecho fuera y cabello al viento. Nunca me derrotó una tormenta, por mucho que me queje.

Mentiras, las odio. Prefiero la indiferencia a la falsa atención. las fantasias a la puta realidad, pero la realidad es lo que hay. Ahora estás, ahora no, y me ignoras sin querer. No pasa nada, aquí estoy, un dia a la semana, eso sí, el resto, solo tiempo robado.

No te dejes engañar por este aspecto pálido, por este cuerpo que se niega a comer. La fortaleza está dentro, y nunca llegué a morirme. De peores hemos salido, ilesos o heridos, pero ya pasó. Ya no hay bilis en mi garganta, eso ya es un paso. Solo son malas rachas.

No me preguntes si estoy bien. ¿Quien lo está? Ahora soy feliz, ahora no, y el mundo sigue girando. ¿Y que? No me digas que estoy rara, que estoy seria, porque mañana dejaré de estarlo y no te darás cuenta, porque lo normal es que sonría, y no habrá valido de nada la preocupación.

Las cosas son como son. Yo visto de negro, tú no. No soporto el sol y amo el mar como tú. Me pierdo entre letras, entre las tuyas, entre las de el, y todo sigue igual a la mañana siguiente, sólo que estamos un poco más cerca de morirnos. Bueno, el ley de vida.

Así que no pasa nada, nunca pasa nada. No quiero preocuparte, no quieres preocuparme… Pero lo hacemos. Y me gusta…por mucho que me queje.

POEMA PARA UNA SIRENA

 

Queda en mi alma tu palabra

Que por azar llegó a mis manos

Dulces letras, ecos lejanos

Que me unieron a ti, sirena varada

 

Solitaria en tu burbuja

Tejías en la brisa tus cuentos

Sin importar si soplaba sota o barlovento

Manejando segura tu pluma

 

Poesía traída del cielo

Dulzura en estado puro

Mi respeto ten por seguro

Ninfa marina, de un modo ciego

 

Admiración y cariño te profeso

Te amo como a una hermana

Y ni la tormenta ni la resaca

Supondrán impedimento

 

Perla del océano, en ocasiones pez espada

Quiero agradecerte con ternura

Que aparecieras entre la espuma

Hermosa poetisa con escamas.