Mr. Bug

Agazapado en la oscuridad, para no perder la costumbre.

Sonreía, mostrando todos sus afilados dientes, e incluso temblaba un poco por el subidón de adrenalina que estaba experimentando, porque, y aquí venía lo que no era tan normal, esperaba entre dos cubos de basura, en un callejón oscuro.

No se sentía bien fuera de los armarios. Allí podía observar sin ser observado, sin que nadie, salvo el niño que dormía en la cama, advirtiera su presencia.

Era divertido verles temblar, llamar a gritos a mami.. Ella también lo había sufrido de pequeña, claro, pero había quedado relegado a lo más profundo de su mente, era para ella una invención  infantil, el reflejo del miedo irracional a la oscuridad.

¿Irracional? ¿Seguro?

Había sido una noche divertida. Los niños estaban más receptivos, vete tú a saber por qué, y se habían portado peor, y esos mismos mocosos que horas antes estaban reafirmando su personalidad llevándole la contraria a sus madres y sacándolas de quicio habían recibido su merecido.

Los había hecho sudar, temblar, gritar y seguramente en ese mismo momento estarían en sus camitas teniendo multitud de pesadillas con los ojos de color rojo fuego que habían aparecido en sus armarios, o con los dientes que habían siseado sus nombres.

“Niño malo, niño travieso… Te voy a comer y no dejaré ni el hueso”

Reprimió una carcajada posando su gran mano de garras afiladas sobre la boca. Sí, había sido una noche divertida, pero tenía que pensar en el trabajo.

Desde hacía bastante tiempo iba detrás de aquel chico, y en esos momentos estaba a punto de tenerlo delante, solos, cara a cara.

Niño malo, niño travieso….

Niño mimado que siempre durmió con papá y mamá, porque no quería tener hermanitos. Niño malcriado que chantajeaba a sus padres con hacerse daño si no conseguía que le comprasen lo que quería. Niño malvado, que robaba en el colegio, y guardaba su botín para que nunca le pillasen. Niño tonto que se metió en drogas. Niño diabólico que golpeaba a su madre para robarle la cartera si se negaba a darle dinero.

Esta vez no se le iba a escapar. Los niños malos no pueden salir sin castigo, sólo que éste ya no era tan niño, y el castigo no podía ser un simple susto, por mucho que a él le divirtiese.

Había sido error suyo dejarlo escapar, y tenía que arreglarlo.

Al fin apareció, caminando deprisa por la acera, de camino a casa. El niño malo sonreía, contando los billetes que minutos antes había hurtado del bolso de una muchacha desprevenida.

Mr. Boogy no pudo evitar relamerse al verlo pasar confiado por delante de sus cubos de basura.

Fue un visto y no visto, demasiado corto para su gusto. Una de sus grandes garras emergió de la nada, asió al chico por la camiseta, y elevó al aire un grito terrible que se confundió con el alarido de terror que emergió de la joven boca que un segundo antes sonreía.

BUGGY BUGGY BOO!!!

Lo que el agente que acudió a la llamada de los vecinos vió casi le hace vomitar la cena. Un joven blanco, de unos diecisiete años yacía en el suelo del estrecho callejón abierto en canal, no por arma blanca, como  corroboró el forense minutos después.

Al parecer, un animal le había rajado desde la garganta hasta el bajo vientre con las garras, y había salpicado todo el callejón de su sangre.

Las entrañas del muchacho aparecían a su lado, mordidas e incompletas, y la cara del cadáver reflejaba la expresión de terror más espantosa que el agente había visto nunca.

Sus ojos completamente abiertos estaban rígidos, como su boca, en la que se había quedado reflejado el último grito de pánico, o de dolor.

Pero lo que de veras le hizo recorrer un escalofrío por la espina dorsal fue la inscripción que había en la pared junto a la cabeza del chaval. Por un momento, volvió a ver los ojos de color rojo fuego que de pequeño aparecieron en su armario, y canturreó la cancioncilla infantil leyendo la letra escrita con sangre frente a él:  “Niño malo, niño travieso…Te voy a comer y no dejaré ni el hueso”

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El bosque

El bosque. Es un triste lugar para morir de esta forma. Oscuro y lóbrego en esta noche sin luna, sólo puedo ver sombras, sombras que no se mueven, sombras que sí lo hacen, y me amenazan,

No puedo salir de aquí ahora. No sé donde estoy. Sólo me rodean árboles pelados, que aúllan como lobos hambrientos cuando el viento helado pasa entre sus ramas. Desean que muera, desean que mi alma se quede siempre entre ellos.

Sus ramas desnudas me arañan la cara, se enredan en mi cabello, ahora suelto y despeinado. Atrás quedaron los días de risas y vestidos elegantes, de sol y alegría. Ahora sus raíces me hieren los pies, me hacen caer al suelo cubierto de hojas.

Cuanto desearía poder ver a ese fantasma que, dicen, vaga por este lugar. Cuentan que es una muchacha de piel blanca y cabello azabache. Dicen que tiene los ojos como la noche más oscura. Siempre me han dicho que se parece mucho a mi.

Cuentan que camina despacio entre estos árboles malvados, portando una muñeca de porcelana, tan antigua como ella. Dicen que verla es augurio de muerte.¡Cómo deseo verla!. Acariciar el borde de su vestido rojo sangre y dejar que me lleve con ella. No deseo seguir aquí sola. Incluso ese destino es más benévolo.

Tengo miedo. Oigo la respiración de algo que se acerca silencioso. Sólo su respirar y el viento. Sé que no me dejará morir en paz. Despedazará mi cuerpo, este cuerpo que tantos caballeros han anhelado, y que ninguno viene a rescatar.

Después despedazará mi alma. La retendrá para siempre en el bosque, como la de la niña del vestido escarlata. ¿Quién de los dos me encontrará antes?.

Estoy cansada. Necesito sentarme. No puedo esconderme, no serviría de nada gritar. De nada serviría correr a refugiarse. Él me encontrará, si no lo hace Ella antes. Estoy a su merced. De un modo, o de otro, jamás regresaré a casa, lo sé.

No volveré a sentir el suave calor del sol acariciándome cualquier mañana en el salón, arrullando a mi gatita, esperando que él despierte y me salude con un beso. Eso ya pasó. Ahora estoy aquí, sola, perdida, triste y asustada, y ni al sol, ni a la gata, ni a él le importa mi suerte. Ellos creen que duermo a salvo en mi casa. Tampoco estoy segura de que les importe demasiado si es cierto o no.

Oigo pasos que se acercan. Cierro los ojos. Estoy arrinconada contra un árbol, intentando que no me vean, que esta maldita noche pase, y ser una de esas supervivientes al bosque maldito. Sólo es una noche. ¿Cuántas he pasado en mi vida? ¿Cuántas se han acortado hasta lo ridículo en mi percepción?

No puedo evitar acordarme de él. Aquellas noches que pasamos juntos, desnudos, el uno junto al otro, el uno dentro del otro. “Te quiero” susurraba mientras sus manos me quemaban la piel, mientras sus besos abrasaban mi boca. “Te quiero” susurraba yo mientras le notaba tan dentro, tan hondo en mí que parecía que nunca más se iba a ir.

Me prometió que cuidaría de mí. Me prometió que me amaba. Al darme cuenta de que no es así, tampoco me importa demasiado que ocurra esta noche. Es curioso como la decepción y el dolor amansan el miedo. Supongo que ésta es su forma de cuidarme.

Se dibuja una sonrisa en mi boca al pensar el ello, al mismo tiempo que una figura toma forma frente a mí.

Pero no la miro. No me importa. Pueden hacer lo que quieran con este cuerpo. Destrozarlo, desmembrarlo, salpicar de mi sangre todos los troncos de los árboles. Ya no tengo miedo. Me acabo de dar cuenta de que no hay un alma que pueda vagar errante por el bosque. Equivocaron la presa.