El ángel

“Los pasos sobre la acera se hacían cada vez más pesados. Casi me arrastraba por los adoquines, cansada de caminar, cansada de respirar.
 
Lo recuerdo muy bien, como recuerdo a cada uno de ellos. Un puñado de ojos vidriosos, sin vida, con la última duda grabada en sus pupilas, como si no pudiesen creer que fuesen a morir.

Pero sí, así era. Eso es lo que debía pasar.

 Todos merecemos morir por algo, y yo soy el ángel que reparte justicia.

También yo moriré algún día, pero no antes de terminar mi misión en esta tierra de desolación e iniquidad, no sin antes dar su merecido a aquello que hacen daño a sus semejantes.

Aunque a veces es cansado.

Le tenía delante, y no podía alcanzarlo. En esos momentos, sólo la rabia te impulsa a seguir.

El tacón de las botas fue marcando el ascenso del ritmo de mis pasos, y al fin, mi mano se posó en su hombro.

-Disculpe, caballero, creo que esto es suyo.

Él se giró desconcertado, sin saber muy bien de lo que hablaba.
 
Le enseñé la fotografía de una niña de diez años, de cabellos oscuros y mirada triste que él reconoció en el acto.

Reconoció a la pequeña que había ahogado con un cojín mientras dormía, después de asesinar a su madre, a su esposa, a su propia esposa.

No le dí tiempo a reaccionar, por supuesto.
Dicen que estoy loca, pero nunca me han tachado de tonta.
Para hacer mi trabajo, para llevar a cabo mi misión, no me puedo permitir el lujo de serlo.

El destello plateado de mi daga brilló un momento a la luz de una farola antes de clavarse en su costado. Ningún punto vital, claro, si no, el asunto perdería gracia.

Ya que tengo que hacerlo, al menos que sea divertido.

-Ssshhh- Mi dedo se posó en sus labios, que tartamudeaban algo incomprensible, intentando aún entender qué estaba sucediendo.- Tenemos que hablar. Y creo que es bueno decirte que tengo unas cuantas más de esas en el abrigo, así que te vas a portar muy bien y no vas a gritar.

El hombre asintió con la cabeza. Le ayudé a ponerse en pié y nos movimos hasta un callejón cercano, oscuro y sucio como su alma.

Me pareció de justicia que muriese allí, entre suciedad y ratas. Era lo menos que se merecía.

– La has reconocido, ¿verdad? – Él afirmó, incapaz de pronunciar palabra, asustado y confundido- No voy a darte una larga explicación, ni a filosofar sobre el bien y el mal. Sólo tienes que saber que vas a morir, y que voy a ser yo quien te mate. ¿Lo has entendido?

Intentó levantarse, intentó defenderse, por supuesto. Todos lo hacen.

Una descarga eléctrica y todo intento de zafarse de la justicia termina. No hay torre que no caiga, por muy alta que sea…”
El comisario paró la grabación en ese momento, y se detuvo a observar muy cerca de la pantalla a la chica que le había enviado la cinta.
 
Era muy joven, apenas veinte o veinticinco años, de cabello negro, de piel blanca. Era la misma que le había enviado todas las demás películas, grabadas siempre en el mismo lugar, un almacén acondicionado para vivir, sin llegar a ser un hogar.
 
Era valiente, y estaba loca, o tal vez fuese incluso peor que eso, parecía estar convencida de que hacía justicia.

Contaba sus hazañas como si estuviese narrando una historia ficticia, pero los hechos demostraban que era muy capaz de llevarlas a cabo.

Muy en el fondo, aunque lo negase, no pensaba que estuviese mal lo que hacía esa mujer, pero no podía dejar que siguiese llenando de sangre los callejones de la ciudad, aunque fuese sangre culpable.

Él mismo se personó en el lugar del crimen cuando dieron el aviso. Un hombre blanco, de unos cuarenta años, muerto en un callejón.

En todo el callejón.

De hecho, no había lugar en ese pedazo de ciudad que no estuviese impregnado de sangre, vísceras o algún miembro de aquel… Cabrón. Sí, lo era, que alguien muera no le exime de seguir siendo lo que fue en vida.

Se acercó un poco más a la pantalla, y de nuevo le dio la impresión de que era una chica frágil y asustada, y de que nada la detendría.

El ángel justiciero, vestido de negro.

Si no la detenía, llegaría a ser una heroína para la gente, si la detenía, estaría cumpliendo con un deber que no le gustaba.

Levantó cansinamente el teléfono y la miró por última vez, detenida en el televisor.
“ Lo siento, niña” murmuró “No eres mejor que ellos”

-Departamento forense- Una voz conocida le habló por el auricular.

-Soy yo. ¿Alguna pista del ángel?

La ley del Talión

 

 

 

 

 

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“Allí estaba, frente a mi, escupiendo palabras incomprensibles, aunque por el tono, no debían de ser agradables. Aunque, si lo pensaba bien, nunca, en ningún momento, el viejo había sido agradable conmigo.

Se pasaba el día exigiéndome cosas, recordándome lo inepta que era para cualquier empresa que quisiera emprender. Me pedía mi tiempo, mi vida, mi sangre…Y yo lo único que podía ver era la suya cayendo a borbotones por las heridas de la cara. ¿Ese destrozo lo había hecho yo? Ups! Vaya…jeje.

Aún tumbado en el suelo, desangrándose, no era capaz de callarse. La parte buena, que ya no se le entendía lo que decía. Supongo que debe ser difícil hablar cuando te han reventado la boca de una patada.

Creo que en mi cara surgió un gesto de hastío cuando le pedí que callara de una puta vez, si quería tener una muerte rápida.

-Total, vas a morir de todos modos hoy, tú sólo puedes decidir el grado de sufrimiento.

Estaba decidida a terminar con toda esa vida, con la suya y con la mía. Él no podía seguir maltratando a la gente, yo no podía quedar viva después de un asesinato. El ojo por ojo se debe aplicar a todos, y yo no era una excepción.

Él iba a pagar con sufrimiento el sufrimiento que nos causó, y con su muerte, la muerte de su esposa (madre, te dije que lo arreglaría, te lo dije, puedes confiar en mi), y yo debía pagar con mi vida el haberle quitado la suya. La ley del Talión no tiene excepciones, y siempre me consideré una persona justa.

Recuerdo lo que me dijo la gente cuando ingresó en prisión. “Va a pagar su crimen”. Jeje, ilusos. Eso sólo fueron unas vacaciones. En el entierro, no pude llorar, sólo me martilleaba una idea en la cabeza “¿Desde cuando?” Nunca me había dado cuenta de nada, o no la había querido ver. Ella nunca se había quejado, nunca… Ni policía, ni denuncias, ni alcohol que sirviera de excusa. ¿Desde cuando? ¿Y por que?.

¿Es que este hombre no sabe que existe el divorcio? No, claro, matar a alguien es más incómodo, pero más económico.

¿Por qué no se fue? ¿Por qué no le abandonó? Si al final va a resultar que no quería hacerlo. ¿Cómo se puede amar a alguien que te pega?. Yo nunca le quise, y a mi solo me insultaba.

“Madre, lo arreglaré” Esa fue la promesa que hice frente al ataúd, y esa era la promesa que estaba cumpliendo.

Le miré de reojo. Yacía en el suelo, inmóvil. Ya no hablaba, ya no insultaba. Viéndolo así, en medio de un charco de sangre, pálido como la pared, con la cara desfigurada por el odio y el dolor.

¿Cuánto tiempo había estado pensando en banalidades? ¿De veras estaba muerto? ¿Ya?. Casi me decepcionó.

Le tomé el pulso. Si, el muy cabrón se había desangrado. Se acabó la fiesta.

Encendí un cigarrillo. Mi turno.

Una muerte digna y tranquila. Eso es lo bueno de ser tu propio verdugo, que puedes elegir el modo.

Pastillas. Vale.

Cuatro cajas de valium. ¿Suficientes?. Las tomé con leche. Nada de dramas de whisky. Eso sólo me iba a hacer sentir peor. Me tumbé en la cama, y esperé hasta que me entró el sueño, y…”

-Alguien te encontró- El médico terminó la frase por ella- Por suerte

-¿Usted cree?

-Si, ya verás como en breve estás en la calle. No te preocupes…

El médico se levantó de la silla. Diez minutos le habían dado para vestirse. Su estado ya no revestía gravedad, su examen psicológico diagnosticaba una “enajenación mental transitoria” (Siempre le hacia sonreír la palabra “enajenación”, cosas de la vida).

Diez minutos para hacer cumplir la ley.

Se asomó a la ventana. Cuatro pisos. OK. Se sonrió, Ojo por ojo.