Castillo de arena

 

Caminaba con paso decidido a través de la noche, de la humedad propia de los atardeceres prematuros de una ciudad cercana al mar. El frío se pegaba a su rostro, pero apenas lo notaba.

“Va a subir la marea” cantaba en sus oídos. No, nunca subía, nunca llegaba la sangre al río. Apenas acababa de dejarlo en su casa, como todas las tardes a la salida de clase. Él le había regalado un nuevo L.P. que terminaba de salir.
 
Le había regalado una copia sin haber tenido que pedírsela. Le había regalado también un cuento escrito por  él, una interminable sesión de charla y abrazos, un par de sonrisas sinceras, nada de lo que se pudiesen arrepentir.
 
Nada que fuese a estropear lo que tenían, fuese lo que fuese.
Su reino no era para ella, él siempre vivió en un castillo de arena que se derrumbaba de un lado cuando conseguía arreglarlo del otro. Nunca se fijó en aquella chica que le esperaba de pie con una pala en la mano.

Aquella noche caminaba más deprisa, como queriendo escapar de algo, pero es imposible escapar de una sensación, de una certeza. Aquella noche mientras sudaba bajo su abrigo negro de paño, al compás de la música, no pudo evitar sentir que algo iba a cambiar, que lo iba a perder.

Aún pasaría un tiempo más de calor a su lado en pleno noviembre, aún serían muchas las tardes que saldría de su casa, que verían juntos una puesta de sol cuando mejorase el tiempo, pero, desde aquella tarde, de algún modo, tal vez al decir adiós en el portal, tal vez por el regalo, tal vez por que sí, supo que lo había perdido.

Supo que tenía que hacer la maleta para poder vivir, como cantaba aquel hombre en su oído, y meter en ella todos los recuerdos que le cupiesen de su amigo, porque ya empezaba a ser tiempo de crecer. Supo que tendría que cavar una tumba en el tiempo para todo aquello que estaba sucediendo en aquel mismo instante, y sin querer, al volver la cabeza para ver la luz en su ventana, sintió una punzada en el estómago, y aunque no era de llorar, le dedicó una sola lágrima a aquel que siempre quiso y no se atrevió, al rey del castillo de arena, y se fue preparando para hacer camino, al compás de la música.

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Cantos de sirena

Hacía frío cuando la volví a oír. El viento me azotaba la cara, el cabello se me enredaba y las olas me salpicaban furiosas, como si quisieran arrastrarme con ellas, como si me suplicasen que me adentrase en el mar helado y oscuro.
Siempre me ha gustado la playa en invierno, cuando el dorado se vuelve simple marrón, cuando el cielo es del color del plomo, cuando el azul se torna verde, oscuro, profundo, aterrador…
Es solo entonces cuando uno se puede dar cuenta de la majestad del océano, y si acaso, percibir los muchos peligros que esconden sus aguas.
Una voz rompió las ráfagas de aire y me puso el vello de punta. Era ella, de nuevo.
Una vez, de niña, la había escuchado. Todos los que vivimos en la costa, antes o después, la escuchamos.
Siempre que ella canta, alguien muere. ¿A quien le tocaría esta vez?
No sentía miedo. Caminé a través de la arena, a pesar de ella, mas bien, siguiendo su voz, su canto.
Allí estaba, sobre unas rocas. El viento también azotaba su cabello de oro, y sus pálidas manos acariciaban los de un chico, rendido a sus encantos.
Era grande, moreno, y sus ojos verdes estaban completamente perdidos en la belleza de la sirena, que cantaba con su voz dulce, confiada, con una pérfida sonrisa en sus hermosos labios.
Ese chico estaba muerto, desde hacia tiempo, pero aún no lo sabía.
Le acariciaba los pechos, cubiertos por algas y su propio cabello, de vez en cuando, y la miraba como quien mira a una diosa.
Era una diosa, no podía culparlo por ello.
Ella dejó de cantar, se limitó a emitir una suave melodía que surgía de su garganta, y sus labios se deslizaron hasta los del muchacho.
Él le acarició el cabello, la atrajo hacia si, y ella rió complacida.
Estaba bajo su influjo, no había nada que yo pudiese hacer.
Los que vivimos en la costa, sabemos de estas cosas.
Aún no sé por qué lo hice. Salí de mi escondite y me acerqué a ellos. Los ojos de la sirena me traspasaron. Eran del color del mar en verano, surcados de lágrimas saladas, a pesar de la sonrisa que adornaba su rostro. Tendió su mano, y me invitó a sentarme junto al muchacho.
“Bésale” Lo hice, claro. Él correspondió a mi beso, y su lengua sabía a mar profundo. “Túmbate”.
El chico me levantó despacio la falda, y besó mis piernas, las recorrió desde los tobillos hasta las ingles, y se detuvo ante la barrera de mi ropa interior.
“Tienes algo que yo no tengo” Susurró en un canto la sirena “tienes lo único que deseo, y que me es negado. Quiero ver de nuevo como seria ser humana, quiero oír como seria ser humana”.
Sin necesidad de una orden, el chico me besó en el cuello, y deslizó sus manos bajo la ropa interior.
Sentía la arena bajo la espalda, y su mano jugueteando entre los pliegues de mi sexo. Un gemido se escapó de mis labios, y él sonrió ante mis ojos.
Con dedos expertos hizo que poco a poco me fuese convirtiendo en agua ante la mirada satisfecha de la sirena, que apagaba mis suspiros con su canto. Tan solo el viento, su voz y la mano del chico, que entraba y salía de mi interior, que me hacía temblar de placer.
“poséela, como me poseerías a mi” Más que una voz, parecía el sonido de las olas al chocar contra las rocas, como el viento furioso que nos estaba azotando en ese mismo instante.
Él terminó de arrancar la frágil tela, y se colocó sobre mi, desnudo ya. De un solo empujón me penetró, lo sentí tan dentro que grité, de dolor, de placer, mientras la sirena le acariciaba el cabello al muchacho, sonriendo y llorando a la vez, encaramada a su roca.
Su canto nos acompañó a cada embestida, a cada sacudida de mis caderas, de las suyas, a cada movimiento de sus manos, elevando mis nalgas para poder entrar mas hondo cada vez…
Crucé las piernas en su espalda, clavé las uñas en sus hombros, y la sirena no dejaba de cantar todo el tiempo, y a cada acorde, el mar parecía más furioso, y el chico cada vez más ansioso de mi, mas sediento de sexo.
No estoy segura de cuando perdí la conciencia, pero cuando desperté estaba tumbada en la arena, sola.
A mi lado, una concha azul oscuro, con una perla negra. Me levanté, y guardé el regalo de la sirena.
No la entendía, pero puedo decir que sin lugar a dudas, la amaba. Como amo el mar, el viento y la playa.
El chico apareció dos días después, ahogado, sobre unas rocas. Estaba muerto desde hacía tiempo, y ahora se había dado cuenta.
No me sorprendió. A nadie le sorprendió. Los que vivimos en la costa, estamos acostumbrados a estas cosas.

Por mucho que me queje

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No te dejes engañar por esta falsa apariencia de fragilidad que solo delata el brillo de los ojos.Mirada al frente, pecho fuera y cabello al viento. Nunca me derrotó una tormenta, por mucho que me queje.

Mentiras, las odio. Prefiero la indiferencia a la falsa atención. las fantasias a la puta realidad, pero la realidad es lo que hay. Ahora estás, ahora no, y me ignoras sin querer. No pasa nada, aquí estoy, un dia a la semana, eso sí, el resto, solo tiempo robado.

No te dejes engañar por este aspecto pálido, por este cuerpo que se niega a comer. La fortaleza está dentro, y nunca llegué a morirme. De peores hemos salido, ilesos o heridos, pero ya pasó. Ya no hay bilis en mi garganta, eso ya es un paso. Solo son malas rachas.

No me preguntes si estoy bien. ¿Quien lo está? Ahora soy feliz, ahora no, y el mundo sigue girando. ¿Y que? No me digas que estoy rara, que estoy seria, porque mañana dejaré de estarlo y no te darás cuenta, porque lo normal es que sonría, y no habrá valido de nada la preocupación.

Las cosas son como son. Yo visto de negro, tú no. No soporto el sol y amo el mar como tú. Me pierdo entre letras, entre las tuyas, entre las de el, y todo sigue igual a la mañana siguiente, sólo que estamos un poco más cerca de morirnos. Bueno, el ley de vida.

Así que no pasa nada, nunca pasa nada. No quiero preocuparte, no quieres preocuparme… Pero lo hacemos. Y me gusta…por mucho que me queje.

VIENTO, POEMA, FUEGO

fairy

 

Viento, poema, fuego,

tu piel quema como la arena del desierto,

tus ojos taladran el alma, la desnudan poco a poco…

 

¡Qué fácil estar callada a tu lado!

Una conversación sin palabras,

una poesía sin rima

escondida tras tu sonrisa.

 

Qué poco sabes de la vida

al fin y al cabo.

Qué poco de aquella que te provoca,

que te enseña las piernas bajo la falda

que, sin soltar una palabra, casi te ha conquistado.

 

Qué poco sabes de estos ojos

que sin darte cuenta, apagan el incendio,

Que te cubren como el mar cubre las rocas,

Tú, roca, poema, viento y fuego

Yo, agua, sal, prosa y lamento.