Dime que me quieres

No te enfades conmigo, no me mires con ira… Dime que me quieres.
Si te paras a pensarlo, no es tan grave, se lo merecía y lo sabes. Abrázame, y haremos que pase.
No soy cruel, soy valiente. No debes asustarte. Todo se arreglará, ahora me toca a mi cuidarte.
Su sangre corrió, nos salpicó, pero no hay mancha que te obligue a culparte. Tenía que haber pasado antes…
No me lo tengas en cuenta, sigo siendo yo, era el único modo de librarse. La única forma de que no gritase, de que dejase de pegarte.
Se lo buscó durante años, el miedo se convirtió en rabia, la rabia en sangre, y casi sin querer, ahora en el suelo yace ese hombre que casi nos mata a golpes.
Madre, no te enfades conmigo, dime que todo saldrá bien, que al menos estamos vivas… Dime que me quieres.

Nada personal

Rojo sangre, rosa, carmín. Rosa tatuada en un hombro blanquísimo, rosa con espinas entre las que se debate un cuerpo entre la vida y la muerte.
 
Carmín de labios gruesos, inexpresivos. Labios que apenas quince minutos antes provocaban un beso, una sonrisa, una noche de placer, y sin embargo…

Sangre que recorre unos dedos pálidos, que surge a borbotones de tres heridas de bala en el pecho del hombre que yace en el suelo.

Ella la recoge desde el borde de una de las lesiones como si nunca antes la hubiese visto, pero en sus ojos negros no hay expresión, tan solo la observa gotear desde la punta de los dedos e impactar en el rostro del hombre.
Indiferente, juega con el líquido bermejo a la espera de que la muerte quiera llegar.
“No es nada personal” La voz de la chica responde a la pregunta muda que lanza el futuro cadáver, rebota en las paredes del oscuro callejón que los envuelve y la hace irreal a los oídos que pronto dejarán de cumplir su función “Si no hiciese tanto frío, ya estarías muerto. Siento que haya tenido que ser aquí”
El crujido del cuero del abrigo al inclinarse sobre él es lo último que el hombre puede oír, su cara pálida enmarcada por cabello negro, lo último que ve.
“Sabes que en el fondo, ha sido culpa tuya. Ya sabes quien te envía sus saludos”

Cuando el postrero suspiro es exhalado, ella se limpia en los pantalones del cuerpo antes de cerrar los ojos inertes y colocar dos monedas antiguas, desaparece de escena, haciendo resonar sus tacones en la calle empedrada.
Cuando el trabajo está terminado, ya no hay más que hacer.

El ángel

“Los pasos sobre la acera se hacían cada vez más pesados. Casi me arrastraba por los adoquines, cansada de caminar, cansada de respirar.
 
Lo recuerdo muy bien, como recuerdo a cada uno de ellos. Un puñado de ojos vidriosos, sin vida, con la última duda grabada en sus pupilas, como si no pudiesen creer que fuesen a morir.

Pero sí, así era. Eso es lo que debía pasar.

 Todos merecemos morir por algo, y yo soy el ángel que reparte justicia.

También yo moriré algún día, pero no antes de terminar mi misión en esta tierra de desolación e iniquidad, no sin antes dar su merecido a aquello que hacen daño a sus semejantes.

Aunque a veces es cansado.

Le tenía delante, y no podía alcanzarlo. En esos momentos, sólo la rabia te impulsa a seguir.

El tacón de las botas fue marcando el ascenso del ritmo de mis pasos, y al fin, mi mano se posó en su hombro.

-Disculpe, caballero, creo que esto es suyo.

Él se giró desconcertado, sin saber muy bien de lo que hablaba.
 
Le enseñé la fotografía de una niña de diez años, de cabellos oscuros y mirada triste que él reconoció en el acto.

Reconoció a la pequeña que había ahogado con un cojín mientras dormía, después de asesinar a su madre, a su esposa, a su propia esposa.

No le dí tiempo a reaccionar, por supuesto.
Dicen que estoy loca, pero nunca me han tachado de tonta.
Para hacer mi trabajo, para llevar a cabo mi misión, no me puedo permitir el lujo de serlo.

El destello plateado de mi daga brilló un momento a la luz de una farola antes de clavarse en su costado. Ningún punto vital, claro, si no, el asunto perdería gracia.

Ya que tengo que hacerlo, al menos que sea divertido.

-Ssshhh- Mi dedo se posó en sus labios, que tartamudeaban algo incomprensible, intentando aún entender qué estaba sucediendo.- Tenemos que hablar. Y creo que es bueno decirte que tengo unas cuantas más de esas en el abrigo, así que te vas a portar muy bien y no vas a gritar.

El hombre asintió con la cabeza. Le ayudé a ponerse en pié y nos movimos hasta un callejón cercano, oscuro y sucio como su alma.

Me pareció de justicia que muriese allí, entre suciedad y ratas. Era lo menos que se merecía.

– La has reconocido, ¿verdad? – Él afirmó, incapaz de pronunciar palabra, asustado y confundido- No voy a darte una larga explicación, ni a filosofar sobre el bien y el mal. Sólo tienes que saber que vas a morir, y que voy a ser yo quien te mate. ¿Lo has entendido?

Intentó levantarse, intentó defenderse, por supuesto. Todos lo hacen.

Una descarga eléctrica y todo intento de zafarse de la justicia termina. No hay torre que no caiga, por muy alta que sea…”
El comisario paró la grabación en ese momento, y se detuvo a observar muy cerca de la pantalla a la chica que le había enviado la cinta.
 
Era muy joven, apenas veinte o veinticinco años, de cabello negro, de piel blanca. Era la misma que le había enviado todas las demás películas, grabadas siempre en el mismo lugar, un almacén acondicionado para vivir, sin llegar a ser un hogar.
 
Era valiente, y estaba loca, o tal vez fuese incluso peor que eso, parecía estar convencida de que hacía justicia.

Contaba sus hazañas como si estuviese narrando una historia ficticia, pero los hechos demostraban que era muy capaz de llevarlas a cabo.

Muy en el fondo, aunque lo negase, no pensaba que estuviese mal lo que hacía esa mujer, pero no podía dejar que siguiese llenando de sangre los callejones de la ciudad, aunque fuese sangre culpable.

Él mismo se personó en el lugar del crimen cuando dieron el aviso. Un hombre blanco, de unos cuarenta años, muerto en un callejón.

En todo el callejón.

De hecho, no había lugar en ese pedazo de ciudad que no estuviese impregnado de sangre, vísceras o algún miembro de aquel… Cabrón. Sí, lo era, que alguien muera no le exime de seguir siendo lo que fue en vida.

Se acercó un poco más a la pantalla, y de nuevo le dio la impresión de que era una chica frágil y asustada, y de que nada la detendría.

El ángel justiciero, vestido de negro.

Si no la detenía, llegaría a ser una heroína para la gente, si la detenía, estaría cumpliendo con un deber que no le gustaba.

Levantó cansinamente el teléfono y la miró por última vez, detenida en el televisor.
“ Lo siento, niña” murmuró “No eres mejor que ellos”

-Departamento forense- Una voz conocida le habló por el auricular.

-Soy yo. ¿Alguna pista del ángel?

Deuda de sangre

Yacía en el suelo enmedio del típico charco de sangre que se había ido formando poco a poco a su alrededor. Siempre le pareció una muerte ridícula, empalagosa, pero también era cierto que no tenía muchas más opciones. Simplemente no tenía ganas de inventar un modo más digno de salir del juego.
En la habitación de al lado no cesaban los gritos. Ahora estarían contentos. La culpable de todos sus males, la oveja negra se iba. No tendrían que preocuparse más de ella.
“Sofía, no has comido nada” era la frase que más había oído a lo largo de 20 años.
“Es normal. Esto no hay quien se lo coma” Respondía su padre, empujando el plato y levantándose a por una cerveza. Sofía observaba como se formaba la tormenta en torno suyo. Las lágrimas silenciosas de su madre. Todos sabían lo que iba a ocurrir entonces. La maldita comida en la cara de la cocinera. Llantos, gritos, golpes…y todo por su culpa, por no haber masticado y tragado.
Al cabo del tiempo, había decidido comer para evitar aquello, pero siempre se terminaba igual, siempre la cagaba de algún modo. Si la sorprendían estudiando, su padre le decía que una empollona no supera viva la época de instituto en aquel lugar dejado de la mano de dios. Si no lo hacía, era una inútil

.
 “No te esfuerces, Sofía. Nunca vas a salir de aqui” Le dijo una vez su reflejo en el baño, justo cuando terminaba de devolver la cena “¿De veras crees que eso es suficiente penitencia?”
.No, debía sufrir más. Morir poco a poco de hambre no era suficiente. Debía ser algo más evidente, algo para demostrar que estaba arrepentida. Que quería enmendarse, que no se peleasen más por su culpa. Debían saber que ella sabía que había sido un error nacer, que debió haber muerto en una de las palizas que le propinaron estando en el vientre de su madre. Debía pagar por su obstinación, por su empeño en asomarse a este mundo.
Comenzó a coleccionar todo tipo de objetos punzantes, probándolos en su propia piel, preparándose para el gran momento en el que se liberarian de su presencia. Su preferido era un pequeño destornillador, minúsculo, casi ridículo. Perforaba la piel provocando un dolor que se aproximaba bastante a lo que deseaba conseguir. Se hundía en la piel, atravesaba la carne, y sólo cuando lo retiraba, la sangre salía. Salía a borbotones por una minúscula herida.

 Coleccionaba cuchillas de afeitar de varios colores (si, las había. Incluso tenía una rosa con un corazón que algún grupo neogótico regalaba con uno de sus discos.), navajas de todo calibre, de todo tipo de empuñaduras, manualesy automáticas, cuchillos de cocina, sacacorchos…. Y todos ellos habían provocado una herida al menos, todos habían dejado su marca en su blanca piel.
Una herida por cada grito que provocase su absurda presencia. Una herida por cada bofetón que su madre se llevase por su culpa. Una herida por cada lágrima derramada por ella, y otra por cada cerveza que su padre se bebiese para intentar olvidar su presencia.Una vez había intentado escapar. Una vez había intentado atravesar la puerta del infierno, ir a molestar a otra parte. El resultado había sido más lágrimas, más gritos y una profunda herida en el abdomen.
Aquella noche la tuvieron que llevar al hospital. Aquella noche fué la primera en mucho tiempo que pudo dormir tranquila. Aquella noche decidió que quería dormir así siempre. Nunca la dejarian irse, debía pagar su ineptitud. La sangre se paga con sangre.  Debía poner fin a aquella existencia que no era bien recibida.
Así había llegado a aquella situación, yaciendo en el suelo enmedio de su propia sangre. Había utilizado todos sus tesoros, todos habían lamido su piel aquella vez, todos habían cortado, habían perforado, había sólo arañado los últimos, cuando apenas le quedaban fuerzas. Había visto caer su sangre, había pagado, ya no podía ofrecer nada más. Cerró los ojos. “Lo siento” murmuró en un suspiro. No más gritos para ella, no más culpabilidad, la deuda estaba saldada, y podía dormir en paz.

Una cucharilla manchada de café

La cucharilla manchada de café sobre la impoluta encimera fue lo que colmó su paciencia.
Ya ves, lo que son las cosas, una maldita cucharilla manchada de café.
Cualquiera hubiese dicho que es una tontería, pero…
Miró al otro lado del pasillo. Su padre miraba la televisión tumbado en la cama ( con una taza de descafeinado al lado, no hacia falta ser Poirot para saber quien fué el culpable), su hermano jugaba a la videoconsola desde las cuatro de la tarde, pretendía pasar el juego aquel mismo día, y nadie se lo iba a impedir.
Con la excusa de la plancha, su madre se había pasado encerrada en una habitación todo el día, asomando su cara solo para recordar lo mucho que trabajaba y su abnegación total a la familia, mientras sacudía la ceniza del cigarro en el suelo que ella acababa de fregar.
La familia…
Algo pasó entonces. Lanzó la cucharilla (la maldita cucharilla que manchaba de café la encimera que terminaba de limpiar, que limpiaba todos los malditos días una media de diez veces) por la ventana.
Con aquel sencillo gesto, estaba a punto de cambiar su universo.
Una palabra se formó lentamente en su cabeza, y se quedó bailando mientras veía los destellos plateados caer hacia la calle
RESPETO
Eso es lo que no había, y eso es lo que iba a conseguir.
Lo que mas le apetecía en ese momento era descuartizarlos a todos y sacudir la ceniza del cigarro sobre sus cuerpos, pero siempre había sido una chica cabal, así que desechó la idea inmediatamente.
Otra opción era gritarles. Gritarles todo lo que pensaba de ellos. Vaciarse por primera vez, enseñar su alma dolorida por la indiferencia y los desplantes, y las noches en vela, y las cicatrices de las heridas autoinflingidas en la soledad de su habitación.
Los años de morderse la lengua, de no escupir el desprecio que sentía por ellos, que no era más que el reflejo del que sentía hacia su persona.
Pero, ¿para que?. Si el problema de base era la indiferencia…
Respeto…
El respeto allí solo se conseguía con dinero, o siendo un chico. Le faltaba algo que todos los logros que pudiese amasar no se lo iban a dar, y que en cualquier caso no quería. Era indecisa por naturaleza y no sabría en que lado del pantalón colocarlo.
Pero el choque de la cucharilla contra el suelo, el sonido del rebote del metal la sacó de su tristeza.
No se iba a rendir. Iba a cambiar su universo.
Se encaminó a su habitación, puso la música a todo volumen en sus cascos, y después de mucho tiempo  volvió a sonreír. Ella ya no hacía nada allí, había llegado la hora de prepararse para volar…

Mr. Bug

Agazapado en la oscuridad, para no perder la costumbre.

Sonreía, mostrando todos sus afilados dientes, e incluso temblaba un poco por el subidón de adrenalina que estaba experimentando, porque, y aquí venía lo que no era tan normal, esperaba entre dos cubos de basura, en un callejón oscuro.

No se sentía bien fuera de los armarios. Allí podía observar sin ser observado, sin que nadie, salvo el niño que dormía en la cama, advirtiera su presencia.

Era divertido verles temblar, llamar a gritos a mami.. Ella también lo había sufrido de pequeña, claro, pero había quedado relegado a lo más profundo de su mente, era para ella una invención  infantil, el reflejo del miedo irracional a la oscuridad.

¿Irracional? ¿Seguro?

Había sido una noche divertida. Los niños estaban más receptivos, vete tú a saber por qué, y se habían portado peor, y esos mismos mocosos que horas antes estaban reafirmando su personalidad llevándole la contraria a sus madres y sacándolas de quicio habían recibido su merecido.

Los había hecho sudar, temblar, gritar y seguramente en ese mismo momento estarían en sus camitas teniendo multitud de pesadillas con los ojos de color rojo fuego que habían aparecido en sus armarios, o con los dientes que habían siseado sus nombres.

“Niño malo, niño travieso… Te voy a comer y no dejaré ni el hueso”

Reprimió una carcajada posando su gran mano de garras afiladas sobre la boca. Sí, había sido una noche divertida, pero tenía que pensar en el trabajo.

Desde hacía bastante tiempo iba detrás de aquel chico, y en esos momentos estaba a punto de tenerlo delante, solos, cara a cara.

Niño malo, niño travieso….

Niño mimado que siempre durmió con papá y mamá, porque no quería tener hermanitos. Niño malcriado que chantajeaba a sus padres con hacerse daño si no conseguía que le comprasen lo que quería. Niño malvado, que robaba en el colegio, y guardaba su botín para que nunca le pillasen. Niño tonto que se metió en drogas. Niño diabólico que golpeaba a su madre para robarle la cartera si se negaba a darle dinero.

Esta vez no se le iba a escapar. Los niños malos no pueden salir sin castigo, sólo que éste ya no era tan niño, y el castigo no podía ser un simple susto, por mucho que a él le divirtiese.

Había sido error suyo dejarlo escapar, y tenía que arreglarlo.

Al fin apareció, caminando deprisa por la acera, de camino a casa. El niño malo sonreía, contando los billetes que minutos antes había hurtado del bolso de una muchacha desprevenida.

Mr. Boogy no pudo evitar relamerse al verlo pasar confiado por delante de sus cubos de basura.

Fue un visto y no visto, demasiado corto para su gusto. Una de sus grandes garras emergió de la nada, asió al chico por la camiseta, y elevó al aire un grito terrible que se confundió con el alarido de terror que emergió de la joven boca que un segundo antes sonreía.

BUGGY BUGGY BOO!!!

Lo que el agente que acudió a la llamada de los vecinos vió casi le hace vomitar la cena. Un joven blanco, de unos diecisiete años yacía en el suelo del estrecho callejón abierto en canal, no por arma blanca, como  corroboró el forense minutos después.

Al parecer, un animal le había rajado desde la garganta hasta el bajo vientre con las garras, y había salpicado todo el callejón de su sangre.

Las entrañas del muchacho aparecían a su lado, mordidas e incompletas, y la cara del cadáver reflejaba la expresión de terror más espantosa que el agente había visto nunca.

Sus ojos completamente abiertos estaban rígidos, como su boca, en la que se había quedado reflejado el último grito de pánico, o de dolor.

Pero lo que de veras le hizo recorrer un escalofrío por la espina dorsal fue la inscripción que había en la pared junto a la cabeza del chaval. Por un momento, volvió a ver los ojos de color rojo fuego que de pequeño aparecieron en su armario, y canturreó la cancioncilla infantil leyendo la letra escrita con sangre frente a él:  “Niño malo, niño travieso…Te voy a comer y no dejaré ni el hueso”

Rojo sangre

 

 

Rojo sangre. Se tiñen los sueños, la vida, cada minuto, y el pensamiento. Sólo rojo sangre, ese es el problema de los días iguales, de pararse a reflexionar.

Rojo sangre, y todo lo demás no importa. Nada de lo bueno, quiero decir. Que lo hay, claro, pero los días rojo sangre es lo que tienen.

Si se pudiese golpear aquello que te viene a la cabeza…

Respira, toma aire, todo irá bien. Claro, nunca lo he dudado, pero hoy mismo… Buff.

Hoy mismo es todo de color rojo sangre.

Del rojo de la sangre que aún bombea un corazón dentro de un cuerpo herido, un cuerpo que aún no sabe que ha muerto, que la hemoglobina se pierde a su lado, que la vida se escapa por algún agujero antinatural practicado en algún sitio, que solo sirve para manchar el suelo, la conciencia de alguien.

Del que lo hizo, o del que no hizo nada. A fin de cuentas es lo mismo.

Es un color especial, es un rojo pegajoso, oscuro, espeso… Es un rojo que anula los demás colores, es el rojo del hastío extremo, de la ira contenida, de…

Es el rojo de los labios que nunca te atreviste a besar, el rojo del vestido que nunca te pudiste poner, El de las uñas que nunca te arañaron,  el del semáforo que no te saltaste para hablar con él, con ella…

Es el rojo de todo lo que añoras por no haber tenido, por haber dejado escapar. Es como una herida, por esa misma herida por la que escapa la sangre, que te va matando poco a poco, porque realmente estuvo tan cerca, tan cerca… que te duele recordarlo.

Es el rojo del que se inyectan los ojos cuando intentan retener las lágrimas,  cuando te recuerdan las malditas comparaciones, justo cuando habías pensado que ya se habían cerrado las heridas.

Pero hay heridas que nunca cierran, aunque nos empeñemos en mirar a otro lado, ignorar la sangre que sale de ellas, que lo mancha todo, que lo deja todo perdido de resentimiento, de vergüenza, de todo aquel pus concentrado que se ha ido almacenando en lo mas profundo de la conciencia.

Los días rojo sangre son de los más difíciles de pasar, son los días en los que te gustaría estar solo en el mundo, y no tener que fingir una sonrisa, y no tener que andar, ni dormir, ni comer, ni…

Son días en los que no existir es lo mejor que te puede pasar, por eso son los más complicados, porque no puedes hacer nada de lo que te gustaría, porque casi todo es delito, y eso no está bien.

(Consejo gratuito ofrecido por el ministerio de justicia)

Incluso en los días de rojo sangre tienes que estar pendiente de la ley, no se puede ir por ahí reventando narices, joder. Esa es la línea de la cordura, no hay que traspasarla, no suele tener retorno.

Cuidado con los días de color rojo sangre, son largos, son peligrosos, y siempre vuelven…